Durante mucho tiempo nos enseñaron a amar hacia afuera: a ceder, a entender, a aguantar. A confundir amor con sacrificio. Pero nadie nos explicó que el amor propio no compite con el amor romántico: lo sostiene.
Elegirte es escuchar tu incomodidad antes de que se vuelva costumbre. Es poner límites sin justificarte. Es alejarte de lo que duele, incluso cuando todavía amas.
Cuando no te eliges, empiezas a negociar contigo misma: callas lo que sientes, aceptas menos de lo que mereces y te adaptas tanto que un día ya no sabes dónde quedaste tú.
Elegirte no significa cerrar el corazón. Significa abrirlo sin perderte.
Dinámica práctica: el límite silencioso
Hoy identifica una situación en la que te estés quedando por miedo, culpa o costumbre. Pregúntate:
- ¿Qué haría si no tuviera miedo de decepcionar?
- ¿Esto me acerca a la mujer que quiero ser o me aleja?
No tienes que actuar hoy. Solo reconocerlo ya es un acto de amor propio.
Reflexión final: Cuando te eliges, no pierdes personas: pierdes dinámicas que te hacían pequeña.
Y desde ahí, todo cambia.
El amor sano empieza cuando ya no te abandonas a ti para que alguien más se quede.