Celibato: esto es lo que puede pasar después de un año sin sexo

Un año sin sexo: esto es lo que el celibato puede hacer por tu relación con el deseo

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Celibato: esto es lo que puede pasar después de un año sin sexo

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Durante la prepa, casi todas mis amigas ya estaban teniendo sexo. La verdad, yo nunca me sentí con ganas, pero tampoco creía ser necesariamente asexual. Después de todo, tenía crushes masivos tanto con Harry Styles como con Justin Bieber. Al llegar a la universidad me sentí lista para explorar el sexo de una manera más significativa, pero no tenía ni la más mínima idea de qué me gustaba, qué hacer o siquiera qué era lo que quería en realidad. Mis encuentros iban desde lo incómodo —el típico chico con whiskey dick— hasta lo traumático: un one-night stand que, según descubrí después, no tenía dónde vivir y solo buscaba un lugar para pasar la noche.

Llegó un punto en el que empecé a cuestionarme si quería tener sexo en absoluto.

Celibato: esto es lo que puede pasar después de un año sin sexo

La primera vez que entendí que el sexo podía sentirse diferente

Luego empecé a salir con Cole*. Él me vio de verdad, entendió mi lucha interna e hizo que el sexo se volviera un diálogo abierto y, por ende, emocionante. Descubrí que, a veces, podía ser algo súper disfrutable, pero cuando Cole y yo terminamos, me aterró la idea de no volver a sentirme lo bastante segura con nadie más como para encontrar placer en el sexo de nuevo.

Mis primeros encuentros después de la ruptura solo confirmaron ese miedo. Terminé otra vez en la cama con hombres que le hacían más mal que bien a mi relación con el sexo: hombres a los que sentía que tenía que convencer de que me desearan solo por ser trans. Después de esas experiencias tomé la decisión de proteger mi paz y practicar el celibato por todo un año.

Me enfocaría en mi proceso de sanación y, con el tiempo, me fui sintiendo más fuerte y conectada conmigo misma en todo sentido.
Durante todo ese proceso no extrañé ni un poco el sexo.

Un año sin sexo me hizo cuestionarme mi propio deseo

Pero aunque vivir sin sexo no me costaba trabajo y seguía sin sentirme horny, en el fondo sentía que me faltaba algo.

Un día toqué el tema de mi baja libido en terapia y le confesé a mi terapeuta que creía que tal vez era asexual, y que la sola idea me aterraba. “Ya soy trans”, le dije, “y de por sí batallo con mi salud mental; no quiero ser asexual también”. No podía imaginar sumarme otra etiqueta que gritara que yo era, una vez más, diferente a todo el mundo. Esa plática y la siguiente sesión no llegaron a mucho, así que busqué refugio en mis amigas. Les pregunté a mis otras surged dolls —mujeres trans que también se habían sometido a vaginoplastías— si alguna vez se habían sentido así, pero no se identificaron para nada. La mayoría había sentido deseo con su anatomía biológica y su sensualidad solo se había intensificado en sus cuerpos reafirmados. Para mi sorpresa, fueron mis amigas no trans quienes habían pasado por rachas similares sin sexo.

Muchísimas mujeres cis en mi círculo eran célibes por voluntad propia porque tampoco lo disfrutaban. Todas nos habíamos dado cuenta de que, al final, sí deseábamos el sexo, aunque no se trataba del sexo que habíamos estado teniendo hasta entonces.

Tal vez nunca se trató de no querer sexo

Desahogarme sobre mis intentos sexuales fallidos y mis sentimientos de insuficiencia sexual con mis cisters terminó siendo, para mi sorpresa, algo que reafirmó muchísimo mi género. Ese anhelo constante por sentir que pertenecía por fin desapareció, solo que no de la manera que esperaba.

Y, con el tiempo, volvieron las ganas de tener dates y experimentar la intimidad física que viene con ello. Puse los ojos en un modelo hombre con el que había trabajado de cerca un par de veces y lo invité a salir. Levi* sabía que soy trans, así que nunca tuve la necesidad de salir del clóset con él, pero cuando nos fuimos juntos a casa sentí que, de todos modos, era necesario tener una plática. Fue receptivo y tenía muchas ganas de explorar conmigo, asegurándose de que me sintiera vista y a salvo.

Sin embargo, incluso con buena comunicación, el momento se sintió un poco incómodo y poco natural —aunque no desagradable— y, aun así, me fui sintiendo una claridad inmensa. Encontré muchísimo poder en el solo hecho de volver a intentarlo y me sentí orgullosa de mí misma por enfrentar y conquistar mis miedos de tener sexo con alguien nuevo.

Me demostré que el sexo con una nueva pareja definitivamente puede ser exploratorio: un diálogo abierto, seguro y disfrutable. Me brindó la seguridad de que podía volver a hacerlo y, lo que es más importante, de que también quería hacerlo.

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POR ELLA SNYDE

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