Cuando una persona decide poner punto final a una relación, se cree que se siente aliviada y liberada; sin embargo, esta persona también puede atravesar un proceso de duelo que puede ser igual de doloroso que el de la otra persona.
Y es que la realidad emocional es mucho más compleja de lo que se puede pensar, pues cerrar una historia de pareja implica confrontar una mezcla de emociones difíciles de procesar, sobre todo cuando la relación fue larga.
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¿Por qué el que termina la relación también sufre?
Aunque puede parecer fácil, terminar una relación es mucho más difícil de lo que parece para quien decide la separación, pues de acuerdo con los psicólogos, está consciente de la decisión que está tomando y del dolor que puede causar a la otra persona.
Experimenta culpa
El sentimiento de culpa suele aparecer al terminar una relación, sobre todo cuando la decisión no es compartida, y se puede intensificar al saber que la otra persona puede sufrir, generando un peso emocional que puede aumentar en los días posteriores a la ruptura.
Comienzan las dudas
A pesar de que se ha pensado y meditado en la decisión de terminar, pueden surgir dudas y arrepentimientos, pues se experimenta una mezcla de certeza e incertidumbre que forma parte del duelo emocional, pues no solo se pierde a la pareja, sino también el futuro que se había imaginado en conjunto.
Duelo por la identidad compartida
Las relaciones no solo implican afecto, sino rutinas, planes, lenguaje propio y una forma de habitar el mundo en pareja, romper también significa desmontar esa construcción, incluso cuando la decisión se toma desde la necesidad de bienestar personal.
Dolor silencioso
Quien termina la relación también puede experimentar un dolor “silencioso”, ya que su malestar suele ser menos reconocido socialmente, y esto puede hacer que reprima sus emociones o las viva en soledad, con menos apoyo y comprensión que la persona que fue dejada.
Especialistas en salud emocional coinciden en que romper una relación no es un acto lineal ni frío, sino un proceso complejo donde conviven alivio, tristeza, miedo y culpa, y en ese sentido, el final de una historia amorosa no siempre representa una victoria o una pérdida clara, sino una transición emocional para ambas partes.