No voy a fingir que los efectos de las inyecciones para bajar de peso que reducen el apetito no me parecen atractivos. Como mujer que vive en una cultura que todavía trata la delgadez como una especie de logro moral, era de esperarse. Pero bajar de peso no fue la verdadera razón por la que decidí probar un medicamento GLP-1.
Lo que en realidad llamó mi atención fueron los cada vez más frecuentes reportes observacionales de médicos e investigadores que sugieren que la semaglutida, el ingrediente activo de muchos medicamentos GLP-1, podría disminuir el deseo de una manera más amplia: no solo el hambre, sino todo tipo de antojos e impulsos, incluido el sexo. Después de todo, el apetito no tiene que ver solo con la comida: está ligado a qué tan deseables nos sentimos, a la sexualidad y a la idea de que querer menos es una forma de disciplina o virtud. Se nos enseña a ver el exceso como algo de lo que deberíamos avergonzarnos, ya sea hambre, necesidad emocional o deseo sexual.
Durante mis 20s tuve problemas con el alcoholismo y la adicción a las drogas, y me alegra poder decir que, a mis 36 años, sigo sobria.
¿Qué pasa con tu vida sexual cuando empiezas a tomar GLP-1?
Pero dejar de consumir no resolvió todos mis problemas. He seguido lidiando con otras compulsiones, sobre todo con relaciones poco adecuadas para mí y con la búsqueda de una intensidad sexual que terminaba convirtiéndose en obsesión. Para mí, el sexo muchas veces se sentía menos como placer y más como una persecución, algo ligado a una sensación de urgencia. A veces sentía que el sexo me acercaba a algo esencial, como si rozara lo que significaba estar viva en realidad, pero también me hacía sentir como una bola dentro de una máquina de pinball lanzada de un lado a otro entre deseos abrumadores y me preguntaba si en realidad podía confiar en las fuerzas que me impulsaban.
En Reddit hay testimonios de personas que aseguran que la semaglutida les ha ayudado con la adicción a las compras y el manejo de sus deudas, a dejar de vapear y a controlar hábitos no deseados, como morderse las uñas. La investigación sobre por qué sucede esto continúa, aunque los expertos sospechan que se debe a que los GLP1 actúan sobre el sistema de recompensa del cerebro, reduciendo la gratificación que obtenemos de comportamientos compulsivos.
¿Quién sería yo, me preguntaba, sin mis compulsiones, sin esa hambre constante de validación e intensidad? Conseguí semaglutida a través de una farmacia en línea, moviéndome dentro de esa zona gris, cada vez más común, de las prescripciones para usos no autorizados. Debo decir desde el principio que esto no es recomendable y que los riesgos, en especial para las personas sin diabetes ni obesidad, están bien documentados. Pero también sería poco honesto fingir que una curiosidad como la mía existe en el vacío. Vivimos en un mundo donde los cuerpos se hacen más pequeños frente a nuestros ojos. El deseo se nos vende y, al mismo tiempo, se vigila, y a las mujeres se nos invita con frecuencia a
controlarnos, solo que sin hacerlo demasiado evidente. Inevitablemente bajé de peso, un peso que desde entonces recuperé, pues ya tenía un peso saludable para mi estatura y edad. Pero más sorprendente que el cambio físico fue una repentina sensación de libertad que no había experimentado desde que aprendí qué era una caloría a los 16 años.
Que se silencie el llamado food noise, ese diálogo interno constante sobre qué comer y cuándo hacerlo, es un efecto conocido de la semaglutida, y experimentarlo en carne propia fue extraordinario. No me había dado cuenta de cuánto espacio mental ocupaban mis pensamientos sobre la comida hasta que, prácticamente de un día para otro, la parte de mi cerebro que calculaba calorías sin parar pareció apagarse. De pronto tenía energía para pensar en otras cosas o, mejor dicho, comencé a notar las pocas ganas que tenía de perseguir cualquier cosa. Mi café de la mañana, antes sagrado e indispensable, dejó de ser necesario.
El sexo y la semaglutida
Y después estaba la cuestión del sexo. Acababa de empezar a salir con alguien y, para mi sorpresa, las cosas iban muy bien. Me preocupaba que la semaglutida pudiera apagar la chispa erótica de nuestros primeros encuentros al mismo tiempo que calmaba el deseo por el tipo de sexo más destructivo que había tenido en el pasado. Le expliqué lo que estaba haciendo y me apoyó, así que decidí incorporar el medicamento a nuestra vida sexual en lugar de permitir que se interpusiera en ella. La primera noche que planeaba inyectarme el medicamento lo recibí en la puerta usando lencería. Puse la pluma en su mano y abrí las piernas. Una tensión silenciosa recorrió el espacio entre nosotros mientras limpiaba con una toallita con alcohol una zona de la parte interna de mi muslo. Después llegó el pinchazo breve y agudo de la aguja al presionarla contra mi piel. Al menos aquella primera vez, el deseo no fue un problema.
Después de eso, esperábamos con emoción nuestro ritual erótico, pero conforme pasaban las semanas, noté que cada vez obtenía menos de él. Después de cerca de un mes, el sexo, incluso con él, comenzó a sentirse menos urgente. No era desagradable ni me generaba rechazo: solo se sentía extrañamente apagado, como si alguien hubiera bajado el volumen de una canción conocida. El deseo había perdido su intensidad. Funcionaba, pero quizás no como yo quería. El caos había desaparecido, pero también la corriente que lo acompañaba. No sabía si había controlado mi compulsión o apagado algo esencial en mí. Mientras mi deseo comenzaba a desvanecerse me reuní con un amigo, también un adicto en recuperación y alguien que había experimentado una relación compulsiva con el sexo, que estaba tomando semaglutida. Quería entender cómo había cambiado su mundo emocional y erótico.
Me contó que, desde que comenzó a tomar el medicamento, su estado mental había cambiado de una forma tan profunda que prácticamente había dejado de sentir antojos o impulsos por completo: por el alcohol, por el sexo o por cualquier tipo de estímulo externo. Como él mismo lo describió, estaba satisfecho por completo con su vida tal como era.
Me impactó y pensé en otras amistades que habían pasado años en terapia o asistiendo a retiros de meditación intentando cultivar esa misma ecuanimidad. ¿Y si tan solo pudiéramos inyectarnos la iluminación así como así?
¿Indiferencia emocional?
Por supuesto, regresé a Reddit, donde encontré a muchos usuarios que describían una extraña sensación de indiferencia emocional, distinta a la depresión porque no se acompañaba de negatividad. “Ni feliz ni triste, solo nada”, escribió una persona. Otra comentó: “Parece que ya no me interesa demasiado nada. Todos mis deseos e impulsos se sienten muy leves”. Alguien más habló de una disminución “no solo del deseo, sino también de la capacidad de llegar al orgasmo y de la intensidad”.
Fuera lo que fuera que estas personas describían, a mí no me sonaba a nirvana. Dejé de tomar semaglutida después de unas seis semanas porque, conforme los impulsos desaparecían, me di cuenta de que el deseo mismo, incluido el sexual, con todo su caos y sus riesgos, no era el enemigo, sino una parte de lo que le da textura y realidad a la vida. A las pocas semanas de suspenderla, empecé a notar que las cosas regresaban. El sexo con el hombre con quien salía volvió a sentirse vívido, como ver una película en Technicolor por primera vez. Fue cuando la diferencia se volvió más clara para mí: al intentar apagar mis compulsiones con semaglutida también había apagado mi vitalidad.
El lado destructivo se había suavizado, pero también la chispa creativa. El medicamento no distinguía entre el tipo de deseo que te desgasta y el que te da vida. Tal vez la libertad no viene de borrar el deseo, sino de entenderlo, de saber qué tipos nos sostienen y cuáles nos consumen. Desde entonces he dedicado tiempo en terapia a llegar a la raíz de mis compulsiones, intentando escuchar qué es lo que piden, en lugar de silenciarlas por completo. El deseo es parte de lo que nos hace humanos: sexual, emocional y creativamente hablando. El trabajo no consiste en reprimirlo, sino en aprender a vivir con él. Estaba desesperada por apagar un deseo que demasiadas veces terminaba convirtiéndose en obsesión. Funcionó demasiado bien.
POR JESSICA KEY