¿Qué es el amor de verdad?

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Después de muchos años volví a ver Diario de una pasión. Me quedó retumbando en la cabeza cuando él le dice a ella: “El mejor tipo de amor, es aquel que despierta el alma y nos hace aspirar a más, nos enciende el corazón y nos trae paz a la mente, y eso es lo que tú me has dado”. Carajo, cuánto ansío que alguien me diga algo así, pensé. ¿Es que acaso es mucho pedir un amor de novela clásica? De esos que te roban un suspiro, que te enamoran todos los días, que te hacen disfrutar los atardeceres y agradecer a Dios por las mañanas, un amor cálido, completo, que haga que todo valga la pena. ¡Qué diablos! Estoy cansada de esperar, me propongo hoy encontrar al amor verdadero. Mi aventura comienza conociendo a mi presa: exactamente ¿Qué es el amor verdadero? Encuesté a mis amigas, compañeras de trabajo, hermanas y demás mujeres que me rodean con la misma simple pregunta, tratando de hallar una definición precisa. Una amiga mía citó a un poeta porque las palabras no le alcanzaban y mi mamá me contestó: “Lo que siento por ti”. A pesar de que todas tienen una vida, nacionalidad, edad y experiencias distintas, la mayoría coincidía en los generales del concepto. De una u otra manera concluí que el amor verdadero es: “Desear el bien hacia una persona, sin juicios, de modo incondicional, con agradecimiento y devoción, incluso en los peores escenarios, aún en la distancia y también en la ausencia”. Pero si la capacidad que cada persona tiene para dar amor es en medida proporcional al que tenemos por nosotros mismos: ¿qué es lo que tenemos para dar? ¿Qué pasaría si te pido que vuelvas a leer la frase que puse al principio, la de Diario de una pasión, pero al espejo ¿sería lo que sientes por ti? Hace un par de años si me hubieran pedido que lo hiciera, probablemente rompería en llanto gritándole al cielo: “¡No!, ¡no puedo!, ¡no me gusta lo que veo! ¡No puedo amar algo que no me gusta!”. Veía a una mujer pasada de peso, desaliña- da, insignificante, que simplemente no era suficiente para merecer mi respeto. Mis ilusiones de ser la mujer perfectamente feliz iban de tener el trabajo perfecto, el noviazgo perfecto, los amigos perfectos y, por supuesto, comenzaban por tener el cuerpo perfecto. Maniobraba entre las clases de la universidad, el trabajo, la familia, el gimnasio, la dieta, los amigos y el novio, con las expectativas de todos y las propias, sin satisfacer a nadie. Tal es la frustración de una mujer que trabaja por lo que quiere sin lograrlo, que terminaba odiándome, estresada y fracasada.

¡Yo, me amo!

No digo que no se pueda tener todo, lo que sucedía era que estaba partiendo del punto incorrecto: buscaba la perfección, el amor y la felicidad afuera, con un cuerpo perfecto, cuando lo que me hacía falta era sentirme perfecta, amada y feliz desde adentro. Sé que en ocasiones la apertura de la información y las redes sociales nos hace caer en el cinismo, haciendo que el concepto de valorarte y amarte suene cursi, cuando debería ser lo más natural del mundo. Pero antes que todo eso, vale la pena cuestionarnos ¿El hecho de no amar tu cuerpo, cuánto te lastimaba día tras día? En mi caso afectaba tanto, que me sentía tan abrumada, y no pude seguir más. Dejé de escuchar lo que todos los demás opinaban acerca de mi cuerpo, puse límites, me alejé de las personas que me hacían sentir mal y comencé a vivir. Comí lo que quise por un año, no conté las calorías, no me importó si alguien se sentía ofendido por ver mi cuerpo grande, pasar con leggings y crop top; descubrí lo que era la libertad y lo feliz que podía sentirme de que simplemente no me importara nada. Empecé a enamorarme de mí misma frente al espejo, incluyendo las estrías y la celulitis, me veía a mí misma con todos mis defectos y todos los días me decía: “Eres espectacular”. Al principio no me lo creía, pero con el tiempo pasé de decírmelo a creérmelo, a darme mi lugar, a aceptar las cosas buenas de la vida, a terminar con las relaciones negativas, a hacer todo lo que una persona espectacular y que se ama haría sin juzgarse ni apuntarse. ¡Fue magnífico! Pero aun así, a un año de haber cortado las cadenas de las expectativas, tenía un sentimiento de hipocresía. Cómo era posible que diciendo que me amo podía dejar de importarme todo, incluso hasta lo que era bueno para mí, como tener una alimentación adecuada. Quitarle presión a mi cuerpo no era lo único que necesitaba, también tenía que empezar a tomar mejores decisiones para mi salud.

Encontrando el camino...

Como en todas las relaciones amorosas, incluso en la que tenemos con nuestro cuerpo, vivimos diferentes etapas. He pasado por el odio, el rencor, el rechazo, el respeto, la aceptación, el falso enamoramiento, hasta llegar a la última y más importante: el amor verdadero. De ahora en adelante me propongo darle a mi cuerpo lo mejor, ese épico que arranca suspiros, y decidí que para lograrlo cada que fuera a tomar una decisión me preguntaría antes: ¿haría esto por el amor de mi vida, haría más? Cuando he estado enamorada profundamente, he hecho hasta lo imposible por demostrar mi amor, dándolo todo, con dedicación y devoción, con mucha emoción, con mariposas en el estómago; haré todo eso y más, esas salidas al cine, las más románticas escapadas, los viajes que siempre soñé y los más impresionantes regalos, casi exagerados que fueran para esa amada media naranja y que hoy veo, siempre debí ser yo.

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Por La Fatshionista
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