Por qué es una red flag que tu ligue se autodenomine “estoico”

Autodenominarse “estoico” en el ligue moderno puede esconder evasión emocional y falta de responsabilidad afectiva, más que verdadera estabilidad o madurez personal

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Por qué es una red flag que tu ligue se autodenomine “estoico”

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Hay palabras que, cuando aparecen demasiado pronto en una conversación romántica, activan una pequeña alarma interna y eso ocurre con el concepto “estoico”. No porque la filosofía estoica sea problemática en sí, sino porque la forma en que algunas personas la usan para definirse en el terreno emocional suele esconder algo menos profundo —y menos sano— de lo que aparenta.

En teoría, el estoicismo propone autocontrol, claridad mental y una relación más racional con lo que no se puede cambiar. En la práctica del ligue moderno, sin embargo, autodenominarse estoico suele funcionar como un escudo o una manera elegante de decir “no me involucro”, “no expreso lo que siento” o “no pienso hacerme cargo de emociones ajenas”. Y ahí es donde la cosa empieza a torcerse.

La filosofía original, representada por figuras como Epicteto, Marco Aurelio o Séneca, nunca promovió la desconexión emocional ni la frialdad afectiva. Al contrario, hablaba de comprender las emociones para no ser dominadas por ellas. El problema es que, en su versión pop, el “estoicismo” se ha convertido en sinónimo de distancia emocional mal gestionada.

Cuando tu ligue se presenta como estoico, conviene observar qué significa eso en su comportamiento. ¿Evita conversaciones incómodas bajo la bandera de la racionalidad? ¿Minimiza tus emociones porque “no vale la pena alterarse”? ¿Confunde estabilidad emocional con indiferencia? En muchos casos, el discurso estoico aparece como justificación para no implicarse, no comunicar y no responsabilizarse de cómo impactan sus actos en la otra persona.

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La calma permanente no siempre es madurez, a veces es evasión e irresponsabilidad afectiva.

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Otra señal de alerta es la rigidez. Las relaciones requieren flexibilidad, negociación y vulnerabilidad. Alguien que se aferra a una identidad de “estoico” como rasgo central puede estar usando esa etiqueta para no adaptarse, no ceder y no exponerse. La calma permanente no siempre es madurez, a veces es evasión e irresponsabilidad afectiva.

También está el tema del control. Algunos ligues usan el estoicismo como una forma de superioridad moral: ellos “no se alteran”, “no se apegan”, “no necesitan a nadie”. Este tipo de discurso suele generar una dinámica desigual, donde una parte se coloca por encima de la otra desde una supuesta iluminación emocional. Spoiler: eso no es equilibrio, es distancia de poder.

Desde la psicología de las relaciones, la capacidad de identificar, expresar y regular emociones es un indicador clave de vínculos sanos. Reprimirlas, ignorarlas o invalidarlas no conduce a relaciones más estables, sino a conflictos diferidos. Cuando alguien presume no sentir demasiado, lo más probable es que sí sienta, pero no sepa —o no quiera— hacerse cargo de ello.

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Si tu ligue dice que es estoico, ten cuidado, puede ser una red flag

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Nada de esto significa que valorar la calma, la introspección o el autocontrol sea negativo. El problema aparece cuando esas ideas se convierten en excusas para no conectar. En el ligue, como en las relaciones a largo plazo, la inteligencia emocional no se demuestra diciendo que nada te afecta, sino sabiendo qué hacer cuando algo sí lo hace.

Así que no, no es la palabra “estoico” la que debería preocuparte, sino lo que esa palabra intenta tapar. Si detrás de ella hay escucha, responsabilidad afectiva y comunicación clara, no hay red flag. Si solo hay silencio emocional bien empaquetado, ahí sí conviene prestar atención.

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