Hay una creencia muy extendida que dice que los hombres son capaces de separar lo físico de lo emocional sin ningún problema. La neurociencia y la psicología llevan años desmontando eso, y lo que han encontrado es bastante más interesante que el estereotipo.
La oxitocina no distingue género
Durante la intimidad, el cerebro libera oxitocina en todos, no solo en las mujeres. Esta hormona, conocida como la del vínculo, genera una sensación de cercanía, confianza y conexión con la persona que tienes enfrente. La diferencia es que culturalmente a los hombres se les enseña a ignorar o minimizar esa respuesta, pero la química ocurre de todas formas.
La vulnerabilidad crea el vínculo
La intimidad física es uno de los estados de mayor vulnerabilidad que existe. Cuando un hombre se permite estar en ese espacio con alguien, sin la armadura social que usa en el resto de sus interacciones, su cerebro registra a esa persona como alguien seguro. Y la seguridad, para la psicología del apego, es la base de todo vínculo emocional real.
La repetición profundiza el apego
El apego emocional masculino rara vez aparece de golpe. Se construye con cada encuentro, cada conversación post-intimidad, cada momento de conexión fuera de lo físico. La vasopresina, que también se libera durante el sexo, es la hormona que en los hombres está más directamente vinculada al apego a largo plazo y al deseo de proteger y cuidar a una pareja específica.
El contexto emocional lo cambia todo
Un hombre que siente que puede hablar con honestidad, que no será juzgado y que hay una conexión real más allá de lo físico, desarrolla apego mucho más rápido y más profundo. La intimidad emocional que rodea al sexo importa tanto o más que el sexo en sí para que ese apego se forme.
Cuando el apego aparece y no saben qué hacer con él
Muchos hombres desarrollan apego emocional después de la intimidad y no tienen las herramientas para procesarlo o comunicarlo. El resultado puede parecerse a distancia o frialdad, cuando en realidad es lo opuesto: están procesando algo que los tomó por sorpresa. La psicología lo llama vulnerabilidad no reconocida, y es más común de lo que parece.