A veces se piensa que los hombres llegan a la cama seguros, resueltos y sin una sola duda rondándoles la cabeza. La realidad es mucho más interesante, la mayoría llega con nervios, expectativas propias, ideas equivocadas sobre el desempeño perfecto y un montón de temores que jamás admitirían en voz alta. No porque no existan, sino porque creen que confesarlo les restaría atractivo. En otras palabras, llevan miedos, pero los esconden debajo de la sábana.
El primero, el más común y el más silencioso: el miedo a no rendir. Que la erección no dure, que llegue demasiado rápido o que no llegue en absoluto. Para muchos hombres, el sexo se vuelve un examen constante donde sienten que no pueden fallar. Ese nivel de presión no excita a nadie; de hecho, les bloquea exactamente lo que quieren que funcione. La ironía no se les escapa, pero tampoco saben cómo bajarle al estrés.
El segundo miedo es más corporal: no sentirse suficiente físicamente. No lo dicen, pero comparan sus abdominales, su tamaño, su resistencia y hasta cómo se ven desnudos bajo cierta luz. Temen que la pareja note cada inseguridad que ellos ven ampliada en su cabeza. Y sí, ese pensamiento les distrae, les frena y les pone en modo autocrítica cuando deberían estar en modo disfrute.
Luego está el miedo a que la pareja no disfrute. No porque no quieran satisfacer, sino porque tampoco les enseñaron a preguntar. Muchos hombres improvisan, repiten lo que funcionó con alguien más, o intentan leer señales que no siempre son claras. Cuando no ven una reacción inmediata, la mente empieza a jugarles en contra: “¿lo estaré haciendo mal?”, “¿está fingiendo?”, “¿querrá algo que no me dice?”. Ese ruido mental también afecta el ritmo, la confianza y la entrega.
El más profundo —y el que casi nadie menciona— es el miedo a mostrarse vulnerables. No quieren que se note que están nerviosos, que les importa, que no conocen todas las respuestas. Les aterra parecer inexpertos, torpes o demasiado emocionales durante el sexo. Y esa armadura mental les impide soltarse, pedir lo que quieren o admitir lo que no les encanta.
Y sí, está también el miedo a hablar de fantasías. Quieren proponer cosas, pero temen que la pareja los juzgue. Quieren decir “esto me prende”, pero no quieren arriesgar una reacción incómoda. Así que se quedan con ganas, y la conversación —la que realmente abriría el juego— nunca sucede.
Hablar de estos miedos no arruina la magia pues cuando un hombre se siente seguro para decir “esto me preocupa” o “esto me gustaría”, el encuentro deja de ser una actuación y se vuelve una conexión. Más honesta, más intensa y más real.
Al final, ningún miedo es tan intimidante como seguir fingiendo que no existen. Y cuando se desarman, la intimidad deja de ser un escenario y por fin se vuelve un lugar para disfrutar.