En los últimos años, una palabra empezó a circular con fuerza en redes sociales, podcasts y ensayos culturales: heteropesimismo. No es un término clínico ni una etiqueta psicológica formal, pero sí una lectura generacional sobre cómo muchas mujeres viven hoy las relaciones heterosexuales. La idea es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda ya que el deseo sigue ahí, pero la fe en que el modelo tradicional funcione se ha erosionado.
El concepto fue popularizado por la crítica cultural Asa Seresin, quien lo definió como una mezcla de resignación, ironía y desencanto frente a la heterosexualidad tal como se practica socialmente. Es decir, no se trata de rechazar a los hombres, sino de cuestionar las dinámicas que históricamente han sostenido muchas relaciones como la desigualdad en las tareas domésticas, la carga mental desproporcionada, las expectativas emocionales poco recíprocas y la educación afectiva limitada.
¿Y qué tiene que ver esto con que haya más mujeres solteras que nunca? Mucho. En distintos países, las estadísticas muestran que las mujeres retrasan el matrimonio o simplemente no lo consideran una prioridad. La independencia económica, el acceso a educación superior y la posibilidad real de sostenerse sin pareja han cambiado el panorama. Hoy la soltería ya no es un “mientras tanto”, sino una elección viable.
Pero el heteropesimismo no habla solo de autonomía financiera. También apunta a una fatiga emocional. Muchas mujeres reportan sentirse cansadas de explicar lo básico, de negociar estándares mínimos o de convertirse en terapeutas no oficiales de sus parejas. En ese contexto, la pregunta deja de ser “¿por qué estás soltera?” y pasa a ser “¿qué me ofrece realmente esta relación?”.
En plataformas como TikTok o Instagram, el discurso se traduce en memes y confesiones irónicas: mujeres que dicen amar a los hombres, pero no querer convivir con ellos, que disfrutan salir, pero no comprometer su estabilidad emocional, que priorizan amistades y proyectos personales sobre una relación que podría restar más de lo que suma. No es cinismo puro; es una evaluación costo-beneficio mucho más consciente que en generaciones anteriores.
También hay un factor cultural innegable. Durante décadas, el éxito femenino estuvo asociado a “tenerlo todo”: carrera, pareja estable e hijos. Hoy el guion se está reescribiendo. La presión por cumplir con ese checklist pierde fuerza frente a una narrativa donde el bienestar emocional y la libertad pesan más que la validación social.
Eso no significa que el amor esté en crisis ni que las relaciones heterosexuales estén condenadas. Más bien implica que las expectativas cambiaron. Las mujeres jóvenes no están dispuestas a replicar modelos que vieron desgastar a sus madres o abuelas. Si el estándar es bajo, la soltería se vuelve una alternativa mucho más atractiva.
El heteropesimismo, en el fondo, funciona como termómetro cultural. No habla de odio ni de guerra de sexos, pero sí habla de estándares. Y cuando los estándares suben, las estadísticas cambian. Tal vez la pregunta no sea por qué hay más mujeres solteras, sino por qué, ahora que pueden elegir, muchas prefieren esperar algo que realmente esté a la altura.